Viendo un programa de la TVG (Televisión de Galicia), titulado “Miss Vaca”, pues, en realidad, iba sobre estos animales, me vino a la mente ese tiempo tan maravilloso de mi infancia, en casa de mis abuelos, donde nací y viví una parte de mi vida, en un pueblo precioso de Galicia, siempre en contacto con el campo y la naturaleza, ayudando a mis abuelos en las faenas tanto de casa, como del campo, que me eran permitidas. En el campo, ayudaba al abuelo, sobre todo, en el pastoreo, pero también en recoger comida en las fincas y echársela a los animales, bien en la finca misma o en el establo. Todo esto, claro está, fuera de la jornada escolar, en el mismo lugar, donde pequeños, jóvenes y más mayores asistíamos a la única escuela del pueblo. Eso sí, aunque la escuela era una, había dos aulas una para los niños, con un maestro, y la otra para las niñas, con una maestra, pero la hora del recreo era común para todos y era la hora de charlar y jugar, ya que en clase no estaba permitido.
Aquello sí que era vida, disfrutando además, una gran parte del tiempo, de la plena naturaleza, sin contaminación ni agobios y donde se respiraba un aire sumamente puro, en un ambiente familiar y muy acogedor. Todo eso se acabó unos meses antes de que yo cumpliera la edad de once años. Fue entonces, cuando tuve que desplazarme a la ciudad para continuar mis estudios, ya que en el pueblo sólo se hacían los estudios primarios. Los estudios secundarios tenían que realizarse en la ciudad y los hice, además, interna en un colegio de monjas, de modo que, sólo en las vacaciones volvía a casa. De esta manera, compartía, aun así, buena parte de cemento y naturaleza. A la edad de 24 años, ya pasé definitivamente al cemento de la ciudad y dejaba la naturaleza que, poco a poco, se iba quedando atrás, aunque, con frecuencia, seguía visitando a mis abuelos en el pueblo.
Recuerdo, con mucho cariño, esos tiempos ya lejanos, del pasado siglo, en los que se podía vivir sin el estrés de hoy y más en contacto con lo natural.
Un poco antes de entrar en este nuevo siglo, el destino me trajo a Holanda, donde el cemento es más fuerte que en mi querida tierra. Claro que ahora en los tiempos modernos tanto el pueblo como la ciudad ya son también cemento, pero cada vez que voy a España, sobre todo a mi querida Galicia, regreso a Holanda súper relajada, porque tengo la impresión de que el tiempo, allí, pasa más despacio, lo mismo que ocurre ahora, en plena pandemia, también en Holanda.
La última vez que estuve en mi entrañable tierra fue el verano pasado. Ya había empezado el problema del covid-19, con muchos infectados en todo el mundo y con España a la cabeza. Felizmente, entonces, estaba en Galicia todo controlado. Aunque se había instalado el bicho en la zona norte de la provincia de Lugo, el resto de las provincias permanecían limpias y no había ningún otro caso de virus, así que, aprovechando que tenía que renovar el carnet de identidad (DNI) y el Pasaporte, que los vuelos tanto de ida como de vuelta eran directos Amsterdam-Santiago de Compostela y que, además, no iba a tocar en absoluto la provincia de Lugo, no dudé en irme para allá el día 3 de agosto, a relajarme y pasar todo el mes de vacaciones. Fue a partir del 15 de agosto cuando, en el bautizo de un hijo de mi sobrina, surgió un foco de contagio por covid-19. Afortunadamente, yo no estaba presente en la fiesta y me mantuve sana en todo momento, pero aun así me llevé un gran disgusto y sofocón, porque ese brote se empezó a propagar como una gran onda expansiva por toda la ciudad y alrededores. Todo eso y el uso de mascarilla, que ya era obligatorio desde mucho antes, para salir de casa, hicieron del verano 2020 mis peores vacaciones. Puedo decir que fue la primera vez en mi vida que estaba deseando que se acabaran, para poder volverme a Holanda cuanto antes.
En algún momento me invadió el pánico, temiendo tener que quedarme confinada en Galicia, sin poder regresar a mi segunda patria. Por suerte, pude venirme sin problema y dejar atrás las incómodas mascarillas. No pensaba yo que las iba a necesitar en Holanda también, aunque algo más tarde…
Siempre solía irme otra vez a mi querida tierra en las vacaciones de otoño, en las que aprovechaba, además, para comprar el turrón y los dulces de Navidad, para después compartir y degustar con los amigos holandeses, llegado el momento. Esta vez, no pudo ser. Pronto llegó a Holanda el uso de las mascarillas, que siguen siendo muy importantes si estás en contacto con la gente. Luego llegó el confinamiento también, que se está haciendo bastante largo y al que uno no acaba de irse acostumbrando, sino, más bien se está aburriendo con la penosa y triste situación en la que se recomienda salir lo mínimo, sólo para cosas imprescindibles, y trabajar lo máximo posible desde casa. Esto ha sido lo que más me ha costado. Dar clases a distancia, desde casa, ha sido una gran obligación y un enorme reto, dado que la tecnología no es mi fuerte, pero no quedaba otro remedio. Me considero una persona valiente y estoy abierta a todos los desafíos, pues como bien dice el refrán: “el que quiere, puede”, me he tenido que ir acostumbrando. Con las clases en línea sigo apoyando, motivando y ayudando a mis alumnos y, cómo no…, aprendiendo también muchas cosas con ellos.
Por cierto, me he salvado del covid-19, de momento. Espero mantenerlo muy alejado todo el tiempo. Ahora, me estoy concentrando mucho en las clases a distancia y deseando que los alumnos avancen y perfeccionen su español y superen los exámenes con buenas notas.
PFG