Puente 136(2009)
Los aniversarios pueden ser momentos para la reflexión sobre los hechos que se celebran o se lamentan, aunque más bien suelen ser ocasión para repetir sobre ellos los mismos tópicos que se vienen pronunciando desde que se produjeron.
La revolución cubana ha cumplido recientemente cincuenta años, y no ha habido en España canal de televisión, emisora de radio ni periódico que no haya aportado su contribución al recuerdo de una revolución que no cambió el mundo pero que llevó a muchos a creer que era posible hacerlo. Como soy autor de una novela, Añoranza del héroe, en la que el protagonista es un revolucionario cubano, he sido invitado a participar en más de uno de estos actos conmemorativos y supuestamente informativos. Soy consciente de que haber escrito una novela “de tema cubano” no me da muchas credenciales como experto en el tema, y quizá por eso he escuchado más de lo que he hablado.
Y lo que más me ha llamado la atención ha sido la sensación de déjà vu que he sentido en cada uno de los debates o coloquios. Ni una idea nueva, ni un matiz revelador. Igual que la revolución cubana lleva instalada en la misma retórica machacona de hace cincuenta años —una retórica patriótica no exenta de mesianismo—, sus comentadores tampoco parecen encontrar un lenguaje nuevo… y sin un lenguaje nuevo es difícil aportar ideas novedosas. Mientras unos insisten en los logros de la revolución y dicen de carrerilla lo de la educación para todos, la asistencia médica gratuita, los avances médicos, etc., los adversarios sólo tienen palabras para la falta de libertad de expresión y la represión de la disidencia. Derechos económicos contra derechos civiles, ahí es donde sigue estancado el debate. Los revolucionarios optaron por dar prioridad a los primeros, lo que fue bien acogido por los más pobres, mientras que, tras una breve fase solidaria, las clases medias se resintieron, y aún se resienten, de la pérdida de los segundos, sin que les valga la justificación oficial, según la cual la plena libertad no es posible mientras subsista el acoso del imperialismo y de los capitalistas. A partir de ahí se inicia un ruidoso diálogo de sordos.
Quizá el debate esté lastrado por la siguiente asimetría: en las democracias parlamentarias la responsabilidad se diluye, mientras que en los regímenes autoritarios el gobierno es siempre responsable. Me explico: aunque miles de mexicanos hayan muerto intentando atravesar clandestinamente la frontera con Estados Unidos para huir de la miseria, a nadie se le ocurriría decir que la democracia o el gobierno mexicano —que además no es siempre el mismo— son directamente responsables de esa tragedia. Se lamentan la pobreza y el desigual reparto de la riqueza, pero casi igual que se lamentan las victimas de un huracán o un terremoto; es difícil señalar a un sólo culpable.
Pero si unos pocos balseros mueren intentando atravesar el estrecho que los separaba de Florida, sus muertes serán usadas como argumento contra el régimen cubano. Toda injusticia, toda tragedia que se dé en Cuba es culpa del socialismo.
Y esto da lugar a una curiosa perversión: como cualquier crítica a un acto político del gobierno cubano que se haga desde el exterior es entendida, a menudo con razón, como una crítica a todo el sistema, casi nadie asume responsabilidades directas. Los mismos que hace tres décadas defendían las posturas más estalinistas siguen vinculados al poder, aunque hoy esas posturas hayan sido rechazadas. El mismo Fidel Castro, responsable de decisiones de política económica catastróficas, como la famosa “zafra de los diez millones” no es obligado a dimitir, porque eso supondría mostrar debilidad hacia “los enemigos del socialismo”. Así, se perpetúan en el poder individuos que hace tiempo debieran haber dado paso a otros más capaces. Creo que si la revolución cubana lleva tanto tiempo semianquilosada es precisamente porque no se obliga a nadie, salvo a un par de chivos expiatorios, a hacerse responsable de los muchos errores cometidos. Y eso, a la larga, es fatal para cualquier sistema político.
José OVEJERO