Salvo mi corazón, todo está bien

Puente 188 (junio 2023)

Salvo mi corazón, todo está bien

Héctor Abad Faciolince

Alfaguara, 2022

Todo está bien: el verde en la pradera,
El aire con su silbo de diamante
Y en el aire la rama dibujante
Y por la luz arriba la palmera

Todo está bien: la frente que me espera,
El agua con su cielo caminante,
El rojo húmedo en la boca amante
Y el viento de la patria en la bandera.
Bien que sea entre sueños el infante,
Que sea enero azul y que yo cante.
Bien la rosa en su claro palafrén.

Bien está que se viva y que se muera.
El Sol, la Luna, la creación entera,

Salvo mi corazón, todo está bien.

 En el mundo poético de Eduardo Carranza (poeta colombiano), todo está bien, salvo su corazón.

Así pasa también en el mundo de Luis Córdoba, el sacerdote protagonista de esta novela, al menos desde que le diagnosticaron cardiopatía con necesidad de trasplante.

Luis Córdoba, el Gordo, sacerdote cordaliano, ha permanecido célibe (y virgen) conviviendo 20 años con otro sacerdote, el biblista Aurelio Sánchez (el narrador del relato), hasta que, forzado por la enfermedad, se mudó a una casa sin escaleras, la de Teresa y su empleada Darlis más sus respectivos hijos. El narrador, Lelo, entrevera ese tiempo de 5 meses de convivencia con Teresa y Darlis con la historia de su íntimo amigo.

Esa experiencia ha permitido a Luis el descubrimiento de un tipo de vida más pleno, simulacro de matrimonio y paternidad. Hasta entonces, su condición de sacerdote la había impuesto un dualismo que ahora le resulta inaceptable: el alma y el cuerpo no son enemigos, sino que constituyen una unidad indisociable.

Luis declara después de hablarlo con Teresa: “Pero me entiende también si le digo que yo no soy dualista, que el cuerpo y la mente son la misma cosa, y que quien ama solo con la mente se queda a mitad de camino, igual que quien ama solo el cuerpo esta condenado a que su amor no dure en la vejez”. (p. 228)

Si él sobreviviera al trasplante de corazón, se casaría con Darlis (de ser permitido, también con Teresa) y seria padre. Se lo había prometido.

En realidad, toda su vida, Luis había tenido miedo a las mujeres. Se lo había confesado a Aurelio. Por eso, se había refugiado en sus tres pasiones, dos de ellas casi espirituales y la tercera muy carnal: la música clásica (especialmente la ópera) y el cine de una parte; la buena mesa, de otra parte. El sacerdote escribía artículos en el periódico de Medellín, el Colombiano, sobre las nuevas películas que salían (y muchas veces se prohibían allí). Organizaba festivales de cine en su casa para los niños y sus numerosas amigas. Era su felicidad, tal como lo dijo enfático en una homilía: “El único pecado mortal que podemos cometer…, el único, es la infelicidad”. (p. 253).

Otro tipo de felicidad, la encontró con Darlis y sus masajes “linfáticos” (“sobar” como solía llamarlos ella). Darlis era la asistenta de Teresa y madre soltera de Rosina. Era costeña y había heredado de sus antepasados el don de aliviar los dolores del cuerpo con las manos. Córdoba, gracias a ella, descubrió que tenia un cuerpo y que poco a poco se sentía mejor. También pudo adivinar la belleza simple y natural de aquella mujer.

Nunca tuvieron relaciones sexuales, salvo quizás en sueños…Sueños que confesó Córdoba a Aurelio, el cual transmitió sus notas a Joaquín Restrepo, exmarido de Teresa y escritor. Este ordenó las notas y lo pasó todo a limpio. La relación de aquellos sueños eróticos de Luis ofrece al lector unos momentos de puro deleite, de turbadora belleza, con la “magnificación” del cuerpo femenino. A continuación, un corto fragmento ilustrativo:

Y como Darlis repetía la oración como un mantra mientras le hacia el masaje linfático en las piernas hinchadas de Luis, el Gordo, casi sin darse cuenta, se fue quedando dormido y empezó a ver visiones. Dormido, sí, pero mientras dormía seguía oyendo la voz armoniosa de Darlis y soñando con ella. Oyó, o soñó que oía a la mujer decir: – Yo pensaba que todos los curas olían maluco, y en cambio usted huele rico, Luis. Al oírla se despertó o creyó despertarse. entreabrió los parpados, él no sabia decirme si en la realidad o en el sueño, y sus ojos vieron lo que jamás se hubieran esperado … Primero la cara dulce y amable de Darlis, sus ojos muy abiertos, sus dientes blanquísimos, como en un gran close-up de película, con un zoom tan detallado que veía su piel como si la tuviera a diez centímetros de distancia. Pero al bajar de los ojos expresivos de Darlis a su sonrisa limpia y abierta de dientes parejos, al largo cuello aristocrático, a los hombros torneados, a las clavículas rectas y marcadas, vio que la piel y la desnudez de la muchacha seguían cuerpo abajo, y antes de poder siquiera pensar en nada contempló un par de senos simétricos y armónicos, como dos gacelas mellizas, con los morenos pezones erguidos, y un vientre liso y terso, y un ombligo perfectamente elíptico, y un pubis oscurecido por unos vellos negrísimos, brillantes y ensortijados, y unos muslos firmes y tan bien torneados  que parecían pintados a lápiz. Los ojos de Córdoba no parpadearon, la cámara firme de su fantasía no tembló, pero su respiración y sus pulsaciones se agitaron de repente y su garganta solo pudo atinar a dejar salir un suspiro largo que sonó casi como un quejido de dolor: ¡-Aaaahjj!”. (p. 265-266).

¿Sueño o realidad? Permanece entero el misterio…

El autor de la novela, Héctor Abad Faciolince, señala, con mucho humor, en la Coda (apéndice final), en una Nota bene que:” Si alguien llegara a sospechar que esta historia se basa libremente en la vida de Luis Alberto Álvarez, un sacerdote extraordinario, un cura bueno de quien fui amigo, estaría en lo cierto”. Por lo cual, deducimos que el modelo real de Córdoba fue el cura y crítico que conoció el autor durante su infancia y juventud. Pues, verdad entonces…

Sin embargo, en la misma Coda, escribe Joaquín Restrepo, trasunto de Héctor Abad Faciolince, que se limitó “a dar forma” a los apuntes de Aurelio añadiendo tan solo “algunos descansos reflexivos entre las escenas, como en una especie de montaje cinematográfico”. ¿Ahora, estamos más bien en la ficción y el pensamiento libre?

Lo cierto es que el lector se da cuenta de lo fundamental que constituye la “experiencia transformadora de la vida compartida” vivida por el protagonista. Aquí el relato se aleja de la estricta documentación, de la “biografía novelada” o del “relato testimonial”. Se ofrece claramente como novela de “imaginación creativa” para poder encarar cuestiones que solo la novela puede abordar.

“Salvo mi corazón, todo está bien”, ¿una oda a la amistad y a la familia? Por cierto, Córdoba tiene un corazón enorme, tanto orgánicamente como en el plano sentimental. Ese corazón es capaz de compasión, de empatía hacia todos: a prostitutas, homosexuales, mujeres de otras religiones, niños…

Los temas de reflexión son variados y numerosos. Se debate sobre la existencia de Dios, el celibato y la renuncia de los sacerdotes al deseo, sobre contracepción y matrimonio. La muerte es evocada muchas veces ya que efectivamente mueren muchos personajes queridos, como suele ocurrir en la vida real. Pero nunca es pesado gracias al sentido del humor del autor y a su constante preferencia por la vida y el amor.

La muerte es un asunto de los vivos y no de los muertos porque solo los vivos la sentimos y padecemos.

Pero ¿cómo expresar eso que sentimos? Todo se sitúa en un territorio que no nos compete, que está fuera del mundo natural, y convierte a cada ser humano en una máquina que responde o no a los esfuerzos físicos y químicos por repararlo. … inerte, frio, sin pálpitos ni respiración, parece un automóvil en un taller al que le han abierto el capó para ajustar una parte del motor…

Tampoco lo que se pierde se limita a la mente, al aire que se exhala…. Hay algo más que es el ademán, la sonrisa, la mirada, la caricia, el recuerdo compartido, así tampoco la vida se reduzca al gesto, a la mirada, a la sonrisa, a la caricia, al recuerdo compartido. Faltan cosas. La muerte es todo aquello que se trunca y no podría ser.

La muerte es no tener al único con quien uno podía conversar de ciertas cosas…

No recibir la hostia consagrada de su conversación… Una forma de querer, de gozar y de partir el pan que solo era posible, de esa manera, con el muerto, y se nos muere con él.

Martine Melebeck