Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos

Puente 178 (diciembre 2020)

El autor

Héctor Abad Faciolince nació en Medellín (Colombia) en 1958. Además de ensayos, traducciones y criticas literarias, ha publicado diferentes libros y en 2006 salió “El olvido que seremos” publicado luego en 2017 por Alfaguara.

Resumen

En este libro, el  autor evoca la vida de su padre Héctor Abad Gómez, médico y activista en pro de los Derechos humanos. Una vida de labor y de amor hacia su esposa, sus 5 hijas y su único hijo, Héctor. Una vida cortada en agosto de 1987, cuando unos sicarios lo mataron salvajemente en la calle, frente a la sede del Comité de Derechos humanos de Antioquia.

La felicidad

Con los recursos de la novela, a lo largo de unos 42 capítulos de geometría variable, Héctor Abad evoca su infancia feliz en la casa familiar, rodeado de un número infinito de mujeres que lo cuidaban y lo mimaban. Pero la figura dominante era la del padre con el que podía escaparse a la Facultad, al campo y mantener conversaciones privilegiadas. Vivian en una calle burguesa de Medellín, en una familia católica, con excepción de Héctor padre que era laico, agnóstico y liberal. Héctor amaba a su padre con un amor animal:

“Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor, sobre la cama, cuando se iba de viaje, y yo les rogaba a las muchachas y a mi mamá que no cambiaran las sábanas ni la funda de la almohada. Me gustaba su voz, me gustaban sus manos, la pulcritud de su ropa y la meticulosa limpieza de su cuerpo” (p. 14-15)

Héctor padre era un hombre bueno, alegre, que solía reírse a carcajadas. Un hombre con un ideal humanista: los fines de semana, acudía a los barrios pobres de Medellín, tratando de desarrollar una medicina social, luchando por la distribución de agua potable y la promoción de la higiene. Un padre que aceptaba a su hijo (así como a sus hijas) tal como era, con sus debilidades, con su cobardía, su pesimismo, su indecisión. En una carta en la que contestaba a su hijo deprimido durante sus estudios en Italia, escribía:

Mi adorado hijo, … cualquier cosa que tú hagas de aquí en adelante, si escribes o no escribes, si te titulas o no te titulas, si trabajas en la empresa de tu mamá… o dando clases en un colegio de secundarias… o siendo simplemente Héctor Abad Faciolince, estará bien; lo que importa es que no vayas a dejar de ser lo que has sido hasta ahora, una persona que simplemente por el hecho de ser como es… se ha ganado el cariño, el respeto, la aceptación, la confianza, el amor de una gran mayoría de los que te conocen”. (p. 297-298).

El lector no deja de extrañarse al descubrir lo amoroso que es este padre  y no puede más que aplaudir el modelo educativo que presenta.

El punto de ruptura

La felicidad, sin embargo, tuvo sus límites. En la p. 169, anuncia:

Y después de ese paréntesis de felicidad casi perfecta, que duro algunos años, el cielo, envidioso, se acordó de nuestra familia… Casi siempre pasa igual: cuando la felicidad nos toca es cuando menos nos damos cuenta de que somos felices…”.

¿Qué pasó? La familia entonces se hundió en un dolor profundo cuando Marta, una de las hijas,” la estrella de la familia”, se murió de un cáncer a los 17 años. Fue como una fractura, una quiebra en el curso de la vida y se nota también en el tono de la segunda parte narrativa que se vuelve testimonio, documento.

Héctor padre se comprometió cada vez más en lo social y en lo político, tachado por los conservadores de “médico comunista”, “activista revolucionario” y por estas razones, blanco de amenazas de muerte. El médico no quiso escuchar estos rumores, fuera por ingenuidad (nunca le pasaría algo así a él) o tal vez por convicción apasionada en su labor humanitaria.

Su muerte dejó a una familia destrozada, en un país que seguía con sus mismos demonios: la violencia como arma de poder y el olvido como solo remedio.

“Vivimos en un país que olvida sus mejores rostros, sus mejores impulsos, y la vida seguirá en su monotonía irremediable… La vida, aquí, están convirtiéndola en el peor espanto. Y llegará ese olvido y será como un monstruo que todo lo arrastra, y tampoco de tu nombre tendrán memoria” (p.288-289- discurso de Carlos Gaviria en el entierro de H. Abad Gómez)

El último artículo, escrito por el protagonista, publicado después de su muerte, se titulaba:  ¿De dónde proviene la violencia? En su opinión, esa violencia nace del sentimiento de desigualdad. Y para reducirla, habría que repartir mejor sobre la tierra las riquezas y las grandes creaciones humanas. ¿Un sueño, previo a cualquier gran realización? Era por supuesto el sueño del Doctor Abad y estas líneas resuenan en todos como denuncia y diagnóstico del país más violento del mundo.

El olvido

¿Escribir para no olvidar qué paso, no olvidar quién fue su padre a pesar de que “todos estamos condenados al polvo y al olvido… que sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros”? (p. 317)

“Los libros son un simulacro de recuerdo…un intento desesperado por hacer un poco más perdurar lo que es irremediablemente finito”, se lamenta el autor.

Y sin embargo, el hijo estuvo convencido de que su padre sabía que “él iba a recordarle siempre y que lucharía por rescatarlo del olvido, al menos por unos cuantos años más…” (p. 318). Como decía Borges, “ya somos el olvido que seremos” en el primer verso de un poema que se llama Epitafio, copiado por el doctor poco antes de su muerte y encontrado en su bolsillo cuando lo mataron.

En muchos momentos de su labor de escritura-recuerdo, Héctor Abad Faciolince se expresa sobre el por qué de este libro. No es que haya querido hacer una hagiografía sentimental-edulcorada. No le interesaba “pintar un hombre ajeno a las debilidades de la naturaleza humana” (p. 257)… Prueba de ello es que a continuación evoca los límites de la acción de su padre, sus errores. Confiesa también sus propios fallos para con sus padres. De niño, lo amaba con locura; ya adolescente, sintió la necesidad de “matar” a su padre para poder madurar pero resulta que no lo ha querido bastante como para darse cuenta del peligro que él estaba corriendo y haberle obligado a irse al extranjero, para salvarse.

Entonces, ¿por qué casi 20 años después de que lo mataran, sintió que “tenía el deber ineludible, no digo de vengar su muerte (mi papá nos enseñó a evitar la venganza), pero si, al menos, de contarla” (p. 295). El escritor duda de que esto sirva para algo, seguro de que nada le dará otra vez la vida a su padre. Pero se trata sobre todo del deber de memoria, en términos más generales.

“Sus asesinos siguen libres, cada día son más y más poderosos, y mis manos no pueden combatirlos. Solamente mis dedos hundiendo una tecla tras otra, pueden decir la verdad y declarar la injusticia. Uso su misma arma: las palabras. ¿Para qué? Para nada, o para lo más simple y esencial: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo”. (P.295-296).

En  fin, H. Abad Faciolince concluye declarando el lazo que quiere tejer entre su padre y los lectores:

“… porque es un homenaje a la memoria y a la vida de un padre ejemplar. Lo que yo buscaba era eso: que mis memorias más hondas despertaran. Y si mis recuerdos entran en armonía con algunos de ustedes, y si lo que yo he sentido (y dejaré de sentir) es comprensible e identificable con algo que ustedes también sienten o han sentido, entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante más, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos, que alguna vez se detengan en estas letras”. (p. 318-319)

Misión cumplida, diría yo como lectora, cautivada por el relato tan humano del amor de un hijo por su padre, por el testimonio de un colombiano por su país, que ama a pesar de todo.

Para prolongar

Os sugiero acudir a ver, cuando salga, ¿en marzo de 2021? la película que Fernando Trueba rodó, adaptada del libro, con el actor Javier Cámara desempeñando el papel de Héctor Abad Gómez.

 Martine Melebeck