Puente 142(2010)
Unas 20 horas de vuelo con escalas y aterriza usted en el aeropuerto de San José del Cabo, a orillas del Golfo de California (Mar de Cortés). Cielo azul, aire cálido, palmeras…, se parece al Paraíso. Los Cabos (Cabo San Lucas y Cabo San José) -como se conocen allí- son el extremo sur de la península de California, defendida por el famoso Arco que mira la inmensidad del Océano Pacífico.
A todo el mundo les suenan los famosos topónimos hispánicos de Los Angeles, San Francisco… que son de la “Alta California”. En cambio, el istmo de la Baja California tardaron mucho tiempo los europeos en conocerlo y aún hoy no lo conocen bien. Cristóbal Colón parece ser el primero que tuvo noción de esta península, sin saberlo él mismo, ya que se hablaba de una isla fantástica habitada sólo por mujeres. La leyenda lo relacionaba con Calafia, reina mitológica de las amazonas, nombre del cual parece provenir California. Continuó así por espacio de un cuarto de siglo hasta que desembarcó Hernán Cortés, en 1535, en la parte norte de Baja California (de ahí el nombre del golfo, Mar de Cortés). Después de que la isla pasara a pertenecer a la Corona de España, se emprendieron exploraciones por el amplio territorio, de sur a norte. Pero los verdaderos colonizadores fueron los Jesuitas, que llegaron en 1697 y que hasta 1798 levantaron 18 misiones, cristianizando a los indios californianos. Luego, siguieron la misma labor los franciscanos y los dominicos. En la parte sur de Baja California (de la que voy a tratar principalmente), vivían los indios pericúes. Poco se sabe de ellos. Los vestigios arqueológicos encontrados en las numerosas cavernas o abrigos rocosos sugieren a algunos expertos que los antepasados de los pericúes, presentes desde hace cerca 10 mil años, fueron migrantes transpacíficos que pasaron de Asia a América no por tierra sino por mar. Según los testimonios de exploradores, misioneros, marineros, buscadores de perlas que los encontraron esporádicamente entre los siglos 16 y 18, se puede saber que vivían con gran austeridad debido al medio natural hostil. Como eran buenos navegantes, vivían de la pesca y también cazaban venados. Se alimentaban de ostras, pescado, mamíferos marítimos. Explotaban el maguey (1) y la pitahaya (2). No practicaban la agricultura que aprendieron de los misioneros cristianos. Los pericúes se extinguieron poco a poco debido a las revueltas que sostuvieron contra los españoles y a las enfermedades de origen europeo que padecieron. Sin embargo, sus genes sobreviven en la población mestiza del sur de Baja California, mezclados con rasgos de otros grupos étnicos emigrados posteriormente de otras regiones de México. También se mantienen algunos topónimos pericúes como por ejemplo “Añuití”, sitio donde se construyó la misión de la actual San José.
Los recursos económicos de BCS están relacionados con la agricultura hortofrutícola (el cultivo de fresas por ejemplo), la pesca (sierra, bonito, cabrilla, marlín, atún…) y por supuesto el turismo.
Estuve en Los Cabos dos semanas en 2009 y un mes en abril de 2010, de visita a un familiar mío que trabaja en el sector hotelero. Se han instalado algunos centros hoteleros en la costa de la punta sur del istmo, esencialmente entre los dos cabos (Cabo San Lucas al oeste y Cabo San José al este), en lo que llaman El Corredor turístico. Crecen allí edificios hoteleros de cadenas americanas (Sheraton, Hilton, Westin…) o españolas (Riú, Barceló…). La mayoría de los turistas son norteamericanos, sobre todo tejanos y californianos, y canadienses que a veces han comprado un “time sharing” o una casa propia, para sus vacaciones. Aprecian un clima perfecto (el popular lema “No bad days in Los Cabos” no es mentira), la posibilidad de practicar deportes náuticos a buen precio, una comida excelente, aire puro, unas inmensas playas de arena fina, el color turquesa de la barrera coralina en el Mar de Cortés (¡¡el buceo es una pura delicia!!). Y por encima de todo, una naturaleza casi virgen en las partes no urbanizadas con fauna y flora excepcionales. Para muchos, un auténtico paraíso… hasta tal punto que cantidad de norteamericanos se han instalado definitivamente allí, en ranchos un tanto alejados de la costa, dedicándose a la agricultura (principalmente productos bilológicos que venden en mercadillos locales). Otros han montado asociaciones de ayuda a la población local y publican su propio periódico (¡¡¡Gringo gazette!!!). Y por fin, es un refugio ideal para algunos hippies nostálgicos que arreglaron sus viejas caravanas, varadas en playas escondidas del Pacífico, y pintaron con flores sus antiguos bugguies, que pasean por las calles de San José o de Todos Santos, y en cuyas galerías de arte exponen sus obras. ¿Turismo sostenible? El concepto, muy de moda, todavía no ha seducido aquí. Si la arquitectura de los hoteles y de las casas es respetuosa del estilo local, el servilismo del personal del sector hotelero (trajes coloniales, bajos sueldos…) y la “prostitución” de los vendedores indígenas que incansablemente rastrean las playas de bar en bar cargados de collares, brazaletes y otras baratijas vendidos por unos pesitos, muestran que queda mucho camino por hacer para llegar a una nueva imagen del turismo, fuera de los estereotipos. El turista es rey y no sobra ningún esfuerzo para satisfacerlo, ni siquiera suministrarle abundante agua que, sin embargo, deben ahorrar los autóctonos, tal y como se les aconseja en las campañas públicas.
Porque, no lo olvidemos, BCS es un desierto. Apenas quedan atrás las estaciones turísticas, uno se encuentra en pleno matorral con extensiones hasta perderse de vista. ¿Qué hacer allí? ¿Practicar el senderismo? Difícil…por muchas razones. Voy a contar mi breve tentativa en la materia. Una jornada en la Sierra de la Laguna, la cual se extiende por el centro sur del istmo, a la altura de La Paz. Era el mes de abril, 30 grados ya a las 10 de la mañana. Imprescindible el todoterreno para acceder a la zona natural protegida ya que, al salir de la HWY1 asfaltada, hay que subir una hora por una estrecha pista de arena. Como no hay ningún camino balizado, se necesita la ayuda de un guía especializado (mi hijo conocía un itinerario). Desde el punto de salida, bien provisto de agua y comida, cuesta trepar por un suelo deslizante, entre vegetación escasa y torrentes totalmente secos. En invierno, uno puede disfrutarlo mejor con una flora renovada por las lluvias otoñales. Insectos, mariposas, enormes jabalíes, rebaños de ovejas en los pocos ranchos que subsisten. Por fin, cuando llegamos al borde, nos recompensa un impresionanate panorama con vista hacia los dos mares…Si Ud. Es más bien un aficionado a los mamíferos marinos, merece la pena desplazarse en invierno a la región de Guerrero Negro, en el noroeste de BCS, en particular a la Bahía de Ballenas, adonde las ballenas acuden a procrear. Si le conmueve el espectáculo invernal de las tortugas que ponen centenares de huevos en la arena de la playa, con el peligro de que alguien los aplaste o robe, puede colaborar con una de esas asociaciones que se encargan de cuidar los huevos. Los desplazan a unos centros de protección. Cuando nacen las crías, los “naturalistas” las liberan para su peligroso viaje hacia el mar.
Pues, a mí, personalmente, lo que más me gustó de esa tierra, son sus escasos pueblos y entre ellos, mención especial daría a Todos Santos, reconocido como “Pueblo mágico”, situado justo encima de la línea del Trópico de Cáncer, en una amplia bahía del Pacífico, así llamada por haber sido descubierta el 1 de noviembre de 1602 por el Capitán Sebastián Vizcaíno. Todos Santos es realmente un pueblo con encanto, concentrado alrededor de su blanca iglesia de estilo colonial, antigua misión, adornada de coloridas vidrieras y Cristo de madera. Actualmente, están rehabilitando muchos edificios arruinados, como por ejemplo el local de un antiguo cine. Abundan las casas azules, verdes, rosas, de colores vivos que abrigan galerías de arte, hoteles de encanto o restaurantes de comida auténtica. Cabe señalar al respecto el imponente Hotel California, hecho famoso por la canción de los Eagles “Welcome to the hotel California”. Un ambiente original, un decorado de clase y sobre todo el patio interior del restaurante, cuyo cocinero jefe, Dany Lamote, es un auténtico belga instalado allí desde hace unos 15 años y locamente enamorado de la tierra. Este hombre tranquilo ha logrado combinar el saber de nuestra gastronomía con los sabores exóticos. No deje de probar la pizza con peras o mangos y queso de cabra .Al volver, pase por San José y visite la “Baja Brewery”, donde producen una buena cerveza rubia y ligera, sólo vendida en sus almacenes.
¿El porvenir de BCS? La región parece escapar a la plaga del narcotráfico y de su consecuente inseguridad (no es el caso de Tijuana, en BCN, en la frontera con EEUU). Sus habitantes, por lo demás, tienen la sensación de habitar un mundo aparte, privilegiado. Son gente trabajadora (¡¡generalmente tienen más de un oficio para salir adelante!!), con alegría de vivir y bastante respeto al medio ambiente y a los turistas, que suelen frecuentar en sus negocios, sin más. La región tiene grandes proyectos de mejoras en las infraestructuras turísticas (más parques naturales…) y de comunicación. De momento, están comprometidos en obras gigantescas para ofrecer mayor seguridad en sus carreteras de alta velocidad, todavía sede de numerosos accidentes mortales (“Si toma, no maneje” advierten las señales). Formularía al respecto un solo deseo: que podamos seguir disfrutando de la East Cape, esa pista de arena que, lindando con paisajes deslumbrantes del Mar de Cortés, enlaza San José a Cabo Pulmo, zona de costa protegida, para el acercamiento a la fauna marina.
Baja California: ¿un paraíso sostenible y asequible? Ojalá…
Martine MELEBECK
Léxico
(1) El maguey: planta vivaz, oriunda de México, con hojas radicales, carnosas, en pirámide triangular, con espinas en los bordes y en la punta, color verde claro, de hasta 3 metros de longitud. De las hojas se saca buena hilaza y una variedad de esta planta produce, por incisiones en su tronco, un líquido azucarado, de que se hace el pulque. De él también se puede destilar un alcohol semejante a la ginebra que se llama el tequila.
(2) La pitahaya: planta de la familia de las Cactáceas, trepadora y de flores encarnadas o blancas. Algunas dan fruto comestible.
El Arco, símbolo de los Cabos
Panorama en la Sierra de la Laguna