Puente 119(2004)
Jorge SEMPRÚN, Veinte años y un día, Tusquets, Madrid, 2003, 294 pp.
¿Por dónde empezar esa reseña? Podríamos escribir, parafrasando a uno de los narradores de la historia : ¿Quién es el verdadero narrador? Y, en definitiva, ¿Cuál es la historia? Y, ¿Por dónde empieza? ¿Por la ceremonia que tiene lugar todos los años en la misma fecha en la finca La Maestranza, en el pueblo de Quismondo? ¿Por el impacto del cuadro de Artemisia Gentileschi en la familia Avendaño? ¿O se trata de Federico Sánchez, alias Agustín Larrea, alias Jorge Semprún?…¿O es más bien la historia de la génesis de una novela?
Es que la última novela de Jorge Semprún está estructurada de una manera muy compleja y original, para mayor deleite del lector, cuya complicidad y colaboración son imprescindibles para disfrutarla al máximo. Desde luego, después de leerla – y es tan apasionante que, a pesar de estar construida como un puzzle, se lee de un tirón – hay que volver a empezarla y esa segunda lectura resulta más amena y más placentera aún que la primera, puesto que la atención del lector se centra en la organización discursiva. Como en un rompecabezas, las historias – mejor dicho los fragmentos de historias – van encajando unas en otras, a veces con narradores distintos, a la manera de El manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki o, ¿por qué no? de una narración arborescente como L’histoire des trois alertes petits pois de Queneau. Esa organización discursiva que interrumpe el transcurso de la historia provoca un suspense creativo, para gran disfrute intelectual del lector .
Ya el título llama la atención. Parece una parodia de un título de Alexandre Dumas. Pero aquí se trata de veinte años después de la guerra civil. Al mismo tiempo que inscribe la narración en un espacio temporal, el año 1956, alude a algo concreto : veinte años y un día era el tiempo máximo de las condenas bajo el franquismo. De hecho, la historia contada o, mejor dicho, el núcleo de las historias, está relacionado con la Historia. Se trata de una conmemoración, que tiene que ser la última, de un acontecimiento ocurrido veinte años atrás en la finca La Maestranza. En aquel año 1936, el primer día de la sublevación, los braceros mataron más accidental que intencionadamente al hijo mayor de los dueños de La Maestranza, José María, ajeno a la ideología de la rebelión (acababa de volver de su luna de miel en Italia). Además, los que lo mataron eran compañeros de juegos de su infancia. Así pues, y desde hace veinte años, cada 18 de julio, fecha aniversario del acontecimiento, los campesinos vuelven a representar lo ocurrido en 1936. Más que una conmemoración es una ceremonia expiatoria, una especie de esperpento, una horrible ceremonia cavernícola como la llama Lorenzo, el hijo póstumo de José María. La ceremonia de 1956 será la última y con la intención de acabar definitivamente con ese asunto va a tener un final distinto : se terminará con el entierro no sólo del cuerpo de la víctima dentro de la propiedad La Maestranza, sino también con el de un segundo cuerpo, cuya indentidad será revelada posteriormente, dejando al amable y atento lector – tal como lo define el Narrador – el placer de formular hipótesis sobre la identidad del mismo.
Con motivo de esa última conmemoración, hay mucha gente seleccionada presente en La Maestranza: familiares (Mercedes, la viuda de José María y sus cuñados, José Manuel, el mayor, hombre de negocios y de poder, relacionado con el régimen y José Ignacio, jesuita progresista; los hijos nacidos después de la muerte del marido, dos gemelos, Lorenzo, joven estudiante comunista que vuelve de una estancia en Italia, y su hermana Isabel con la cual tiene una relación incestuosa ; la criada, Raquel), invitados (Leidson, un historiador americano que se enteró de la historia en una cena en casa de Dominguín,- cena que presenció el Narrador – ; Benigno Perales, encargado de poner en orden la biblioteca de los Avendaños) y un parásito (el comisario de la Brigada Político Social, Roberto Sabuesa, que se ha introducido para indagar y conocer la identidad de un tal Federico Sánchez, nuevo enlace del PC, convencido de que el joven Lorenzo, este « señorito de mierda » como lo nombra, lo conoce. Al enterarse de sus intenciones, José Manuel lo echa fuera.). Está también, rondando por los alrededores de la finca, Eloy Estrada, el dueño de la taberna « La Prosperidad », un chivato confidente del comisario. Eloy Estrada fue testigo de los acontecimientos del 36, sin embargo, ante las preguntas de Leidson, padece amnesia.
Cada detalle, cada personaje tiene importancia puesto que, en todo momento, cualquier personaje puede convertirse en narrador y contar al lector, desde su punto de vista, un fragmento de una de las historias. Ello justifica que las historias vayan repitiéndose como temas musicales, con las mismas palabras, las mismas frases, los mismos estribillos que confieren un tono poético a la novela ; como por ejemplo, « Eran las tres de la tarde – decía Raquel.- Estaba yo llenando los vasos de agua, en el comedor. Los señoritos iban a empezar a almorzar… », frase que va a declinarse de diferentes maneras, según el narrador, pero siempre empezando por « Eran las tres de la tarde » que evoca el poema de García Lorca, Llanto por Ignacio Sánchez Mejías , que empieza con el verso « Eran las cinco de la tarde… », y que también va repitiéndose a lo largo del poema. Esta alusión a Lorca no es una mera casualidad ni una impresión de lectura : la sombra de Lorca está presente en la novela. En uno de los episodios narrados por un protagonista, éste recuerda una cena que tuvo lugar en Madrid en julio de 1936, es decir unos días antes de los sucesos. A aquella cena asistió, entre otros, Federico García Lorca, quien leyó a los comensales unos fragmentos de La casa de Bernarda Alba y comunicó su decisión de marcharse a Granada, ciudad más tranquila, a esperar que se calmasen los acontecimientos políticos. José María, viendo las cosas de la misma manera, decidió imitarle y retirarse en su finca. Decisiones malogradas que provocaron la muerte violenta de ambos.
Pero volvamos a los personajes. Como hemos dicho anteriormente, cada personaje va a contarnos algo de lo que sabe o de lo que le han contado a propósito de la familia Avendaño; lo cual explica que, a veces, el lector sepa más que alguno de los protagonistas por haberlo oído bien a otro personaje, bien al Narrador (quien no deja de avisar a su amable y atento lector con un guiño). Encontramos aquí otra cualidad de Veinte años y un día: la novela, a pesar de lo dramático de los acontecimientos, no carece de humor. Pero esto podría ser objeto de un estudio más detallado.
Los miembros de la familia Avendaño tuvieron, antes y después de presenciar los acontecimientos del 18 de julio, una vida erótica muy rica y particular y eso con la bendición de… San Agustín ; de modo que Mercedes pudo gozar de los placeres del amor sin perder su virginidad, y con toda impunidad, antes de su viaje de bodas en Italia. Este espisodio pone de relieve otro tema recurrente, el tema de la virginidad y del papel de la sangre, sangre que denuncia la pérdida de la primera y que acompaña también las muertes violentas. Durante aquella luna de miel Mercedes descubrió un cuadro de Artemisia Gentilieschi, Judit y Holofernes, cuya visión, cargada de violencia y de erotismo, la conmovió y dio rienda suelta a sus fantasmas. (En vez de escribir una larga descripción del cuadro, el Narrador, por medio de su editor, ofrece al amable y atento lector que compra el libro la tarjeta postal que repesenta el lienzo.) Es la misma tarjeta postal que mandó Lorenzo a su madre cuando viajó por Italia. Eloy Estrada no leyó el texto de aquella tarjeta y se la enseñó al comisario por sospechar que contenía mensajes escondidos, antes de entregarla a su destinataria. La descripción del cuadro que hace el comisario merece la pena ser citada aquí : una tarjeta postal que representaba, con colores chillones, una escena de degollación, desagradable, casi repugnante (p.79). También al tosco comisario le pareció indignante que un hijo llamara a su propia madre « Mercedes del alma mía », que no es sino una alusión a un verso de Góngora. Dicho sea de paso y para subrayar la presencia de la intertextualidad omnipresente a lo largo de la novela. Por ejemplo, el comisario Sabuesa se parece como dos gotas de agua al comisario apodado « El Pálido » de la novela Las trece rosas, de Jesus Ferrero , en especial cuando se emociona ante la belleza de Nieves, la hija de un comunista, que también hace pensar en la Ana de la novela de Ferrero.
Y con esa evocación pasamos a otro tema recurrente, el tema político y, desde luego, tratándose de Semprún, al tema autobiográfico. De hecho, el Narrador es nada menos que el mismo Federico Sánchez, alias Jorge Semprún, cuya sombra recorre las páginas de toda la novela : evocación de su presencia en Madrid, en los acontecimientos de 1956 (rebelión estudiantil), de los encuentros clandestinos con militantes del P.C, de las cenas con sus amigos, del Madrid de su juventud (incluso hay fragmentos enteros sacados de entrevistas anteriores a la publicación de la novela, además de entrevistas con Gérard de Cortanze, cuyo libro Jorge Semprun, l’écriture de la vie acaba de volver a editarse). En este sentido, Veinte años y un día puede considerarse también como una prolongación de la Autobiografia de Federico Sánchez, novela escrita también en español, o de Federico Sánchez vous salue bien. Al fin y al cabo, ¿No será Jorge Semprún el autor de una larga y única novela, desde Le grand voyage hasta esta última? ¿una novela que iría desarrollándose en multitud de avatares y entretejiendo diversos motivos?
Se podría hablar de muchas otras cosas, del papel erótico-político de San Agustín (lo descubrirá el lector amable y atento), de la importancia del pensamiento de Ortega y Gasset para los intelectuales de aquella época, de las grietas que van dibujándose hasta en las propias filas del franquismo anunciando su derrota ineluctable, etc.
En pocas palabras, un libro cuya riqueza es inagotable. Una novela en la cual Jorge Semprún maneja a la perfección las relaciones entre ficción y realidad, las idas y vueltas entre el pasado y el presente, jugando con asociaciones de ideas o utilizando los encuentros entre los personajes. deslizándose del uno al otro sin perder jamás la trama de la narración ; novela en la cual también, como lo subrayamos antes, va jugando con la intertextualidad aludiendo sea a obras del patrimonio artístico (literario, pictural,…Cervantes, Góngora, Zorrilla, Salinas, Ortega, Alberti, Hemingway, Croce, Fellini, Gentileschi, Caravaggio, Romero de Torres , …), sea a su propia obra narrativa. Hasta el apellido Avendaño ya aparece en La deuxième mort de Ramón Mercader.
Rodolphe STEMBERT