La fuerza de la mujer vista en algunas obras de Rosario Hiriart

Puente 119(2004)

Rosario Hiriart nació en la Cuba republicana y allá se quedó incluso después de la toma de poder por parte de los «barbudos». Sus padres y otros familiares lograron salir de la Cuba castrista, aunque su padre era médico y eso les impuso dificultades. Pero ella tenía que esperar hasta que por fin pudo salir y venir a la ciudad que ahora llama «mi Nueva York». Rosario ha escrito poesías, ensayos y novelas como El patio de mi casa, cuyo título y subtítulo «Nosotras que nos quisimos tanto» representan canciones populares en Cuba y su pasión incluso hoy por la música sin la cual no puede vivir. Siempre había (y hay) música en su casa. Incluso tiene otro libro, Malpartida, de piezas líricas acompañadas de trozos de canciones representadas por las mismas notas de éstas. Trata de dar a la palabra ritmos de la música cubana. A la vez, esto nos importa porque la división en hojas de pentagramas refuerza la importancia para Rosario de las divisiones en números de cinco.
«Nosotras» son (somos) las cinco (otra vez, cinco) hermanas del libro: Amalia, Beatriz, Catia, Elena y Zoraya. El papá «soñaba con tener un conjunto de hijos musicales y decidió que mi madre pondría todos los medios a su alcance para tener por lo menos en casa, a tres tenores y dos barítonos» (17). El único «problema» (en el libro) era que nacieron cinco hijas (una sexta, Diana, muerta justo después de nacer). Las cinco se querían mucho aunque el destino las iba a dividir a su modo. Cantaban, pero no en la ópera deseada por el padre, sino en el patio, lugar céntrico de la casa, y parte tanto de la tradición como de la canción:
El patio de mi casa es particular,
en él nosotras nos quisimos tanto.
Llueve, se moja, como los demás…. (dedicatoria)
En la misma dedicatoria, continúa con la canción de la necesidad de separarse y sin perder el amor unos a otros (página de dedicatoria):
Debimos separarnos, ¿recuerdas?,
no me preguntes.
Lo sabes, te quiero con el alma,
te juro que te adoro.
En nombre de ese amor,
por no agacharme, te dije adiós…(dedicatoria).
Hay solamente pocas variaciones de la canción «Nosotros», pero claro, aquí hablamos de las mujeres, «nosotras» y también de la patria que había que dejar atrás.
El «Proloquio» (13-14) comienza con un tributo a Cervantes y después, está en verso, pero faltan las últimas sílabas de las palabras al final de cada renglón. Rosario dice que se está quedando dentro de la tradición que data desde la Edad Media; yo digo que también es para que el lector se acuerde, desde el principio, que después de la toma de poder de la dictadura, se truncó una cantidad enorme de vidas de gente normal y corriente, como los miembros de esta familia, sin que hubiera, necesariamente, una razón. Citamos el último verso a manera de ejemplo de las dos ideas–la tradición y la opresión de los cubanos: «Estas páginas te sir–/para pasar un buen ra–/critica menos herma–/que todos vamos ladran–/a los perros de la lu–/que aquel que se cree geni–/ mostrando clara la envi–/y nunca cierra la bo–/se le llena bien de hormi–/y escribe a tontas y a lo–» (14). Hace participar al lector/a en la lectura desde el principio y es como una invitación a esta persona a unirse con la escritora en la formación del libro, un libro bien escrito según la escritora en medio de muchos que no lo son, aunque éstos, a veces, reciban mucho más reconocimiento por parte de la crítica o «publicidad comprada».
En el libro, todo sigue su ruta normal, excepto que Amalia, la primogénita, se casa con un alto oficial del régimen castrista, se muda finalmente a una de las casas confiscadas y seguirá su vida en la isla después de la salida de los demás. Pero en la casa familiar, un día, sonó el teléfono y una voz de hombre les anunció que «Beatriz estaba presa» (154). Así comenzó la pesadilla de la familia, y, claro, más que nadie, para Beatriz. Se les acabó la música a todos (y sobre todo a ella, porque precisamente fue ella quien tocaba la guitarra y cantaba tan bien antes de ir a la cárcel). También terminó la relación estrecha entre Amalia (que no la ayudó por miedo al esposo) y la presa que tenía que encontrar las fuerzas (¿feministas?) para sobrevivir en la cárcel.
Aunque todo escrito se basa algo en la vida propia, Rosario dice que este libro no es la historia de su familia. Tenía un hermano encarcelado al principio de la Revolución, pero tenían la suerte de encontrarlo y poder sacarlo de la cárcel y del país con el dinero de la familia. Más tarde, y en el libro, esto sería imposible. En vez de hablar de su vida, dice que quiere mostrar al lector lo que era la sociedad cubana y la familia cubana y la destrucción de ambas al tomar el poder Fidel Castro y los suyos. Probablemente hizo el libro sobre cinco hermanas porque cree que «la mujer es más fuerte que el hombre pero los hombres tienen más suerte» (Entrevista). Esta creencia nos muertra su lado «feminista» aunque no sea un feminismo militante ni de una escritora que habla sólo de teorías. (Es de notar que en su propia vida, aquí en los Estados Unidos, llegó a ser Catedrático de literatura (Professor) en Iona College. Era la primera mujer en subir a este rango en esta universidad. Dejó la enseñanza para dedicarse a sus escritos). Es una escritora que anhela la comunicación entre los sexos y entre las personas mundialmente (aunque todo esto puede ser un poco optimista por parte de ella).
Incluso en el libro se refiere a la ciudad de La Habana como una mujer sensual (38) y después, maltratada por los hombres (74). Y odia a la gente que exclusivamente pone énfasis en esta sensualidad, sin fijarse ni en la historia, las leyendas, la música, los autores/las autoras cubanos. Ella admira a muchos (mujeres y hombres) cubanos y por esto, dijo que había puesto las citas o literarias o musicales o de leyendas al principio de cada capítulo, por ejemplo:
«…las dos se miraron regocijados y echaron a andar bajo los árboles sobre el orbellino que formaba el juego de la luz y las sombras. Llegaron hasta el lago. Nadaron. . . . Estaban tan satisfechos que se olvidaron del tiempo marcado por las estaciones, y prometieron no despertarse. Pero de pronto se oyó un estruendo, y luego otro y otro.. . . /Llegó/ el ejército del polvo, el sudor y el hierro». Reynaldo Arenas, El mundo alucinante, 1970. (183)
Espera que con este libro el lector mire con nuevos ojos la isla y a los cubanos y también, las tradiciones literarias, porque Rosario, como Beatriz o el padre de Patio siempre lee algo. También espera que los lectores aprendan de lo que leen. Dice en su «Epiloquio»: «Pues amigo o enemigo mío porque indiferente no serás del todo /porque mi libro no te deja sin opiniones/ Curioso lector, por lo menos…»(243).
En su libro, Albahaca, Rosario Hiriart le dedica un apartado a su amiga, Martha Frayde, «y a las innumerables presas políticas de Nuevo Amanecer y a todas las mujeres de las cárceles de Cuba comunista» (29): «Ilusión eternizada en la mentira/palabras huecas fabricando discursos falsos/ y sombríos. Las mujeres (que también llenaron/ las cárceles) son testigo y testimonio./Serán escuchadas/ porque lograron sobrevivir/ por encima del terror y la ceniza». Se parece en extremo a los recuerdos de la pobre Beatriz años después de ser detenida cuando vuelve a su casa a morir dentro del regazo de la madre y de los cuidados de todos los que se habían quedado en casa (169). Tanto el apartado de este libro, como las escenas del Patio nos dan una idea de las fuerzas que se mantenían frente a las torturas de la dictadura, de las preguntas y humillaciones de los oficiales «del uniforme: agresivo. Valiente. Armado» (Albahaca, 26) y de la desesperación de las prisioneras, vistas doblemente como seres inferiores, por ser enemigas del estado y por ser mujeres. (Hasta el padre (en el libro) se había sentido superior a la madre al principio de la novela (17, 18)). Rosario quiere luchar contra esta idea al demostrar la fuerza enorme que representaba sobrevivir en las condiciones subhumanas de las prisiones. Ilustra, al mismo tiempo, la fuerza de la madre, como mujer y como madre, puesto que la madre, que sufría de asma, se mantenía tranquila la noche de la detención, se mostró fuerte al poder ir a ver a Beatriz en la cárcel, se mostró fuerte al estar en el patio para que la hija se desahogara y volviera a ganar parte de su humanidad al salir tan enferma de la cárcel, al enterrarla y volver a ver la tumba de la niña muerta al nacer, al decidir que cosieran abrigos para cuando pudieran salir para un Nueva York invernal (también en el patio) (177) (como se había mantenido fuerte y con calma ante la idea de no coser un vestido de novia para Amalia, porque «Ramón no cree. No me caso por la iglesia y nada de vestido con tonterías de encajes. Iremos de milicianos.» (117, 118); y, por fin, al salir de Cuba con su esposo dejando atrás a su hija menor (para asegurar que la pareja volviera) (207-208).
El destino de esta amiga de Rosario, Martha Frayde, una mujer que apoyaba la revolución hasta que un día se cayó en desgracia y sufría como todas, se representa en Bea y en el personaje Martha Frayde que la acompaña en la cárcel. Lo peor, según Rosario, era que metían a Martha con las prisioneras comunes, donde el trato y las condiciones de vida eran peores. Si hubiera estado en el pabellón de las prisioneras políticas la desesperanza no habría llegado a tales extremos. A Beatriz la condenan como espía; sin embargo, también está en el pabellón de las detenidas comunes. En la cárcel, Bea conoce a una médica amiga, a quien la autora bautiza Martha Frayde en homenaje también a su amiga ( a quien le parece increíble este aspecto de Patio). Será ella el personaje que permitirá la libertad tardía de Beatriz, quien salió de la cárcel para morir, aunque la verdadera Martha Frayde saldría para vivir con los recuerdos horribles de las condiciones inmundas de esos años.
Al principio, además de los interrogatorios, Beatriz estaba «aislada. Incomunicada. Reducida al silencio. . . Le impedían dormir. Despertaba al sonido de ruidos ensordecedores. Una luz intensa, muy intensa. Siempre encendida. No pudo bañarse, nos contó del asco y la desesperación durante la menstruación. De las terribles condiciones de higiene en los pabellones. La clase de alimentación.»(166) El ruido alternaba con un silencio total y la luz, con la oscuridad total. Siempre estas mujeres-prisioneras se veían solas. Las celdas eran pequeñísimas y calientísimas; a menudo, no había agua ni paseos al patio para estirarse un poco las piernas. Había, sí, ratas, ratones, abejas, moscas, hormigas y todo lo desagradable posible. «Apartar las moscas para tragar lo servido. Evitar devolver entre las inmundicias de las letrinas.» Se reducían a «Animales de rostro reemplazable», sin identitdad, personalidad, sentimientos, nada. Sólo eran prisioneras (167, 168). Y las mujeres soñaban con la tranquilidad de la infancia y la protección de la madre. Por esto, Bea se adhería tanto a ella al volver a la casa y pudo tranquilizarse al verse otra vez en su regazo. Era la única persona que de verdad pudiera tranquilizarla, por ser la madre cariñosa y fuerte y la fuente del ser. Rosario dedica su nuevo librito Forzadas al silencio , a su madre, entre otras: «a María Teresa, mi madre. La detención de mi hermano y el exilio, la aniquilaron temprano. /y/ a todos los que padecen persecución y cárcel en la Cuba Comunista» (3). Sigue: «amiga, esta tarde/sufro/el odio que arremete/contra toda mujer/sometida/en cada país donde/no hay libertad» (11); «mujer-amiga,/cubana/lejana y desconocida/te canto/porque sin poder hablarnos/ se (sic) bien que eres-soy/capaz/de amar» (15);»El día que te llevaron/presa/nos llegó la noche./Desde entonces/ la sombra de nuestra madre/deambula sola y afilada» (26); «Han encerrado a muchos /disidentes./ Cuando cae la noche/los presos cierran los ojos/contemplando/la cara de sus madres(38). También canta a la hermana (o sea, a cualquier mujer) encarcelada, prometiendo un futuro mejor (75, 76).
¿Cómo pudieron estas mujeres sobrevivir? El tiempo, tema importante, pasaba para ellas peor que si hubieran estado en el infierno y se insinúa que los oficiales manipulaban los horarios para hacerles sentirse aún menos seguras de ellas y de su mundo. Rosario siempre se basa en la tradición literaria (incluyendo datos verdaderos) y dice que sigue a Azorín con el tiempo que pasa y no pasa (el tiempo como fenómeno en sí) y cómo las mujeres sacan fuerzas de Dios sabe dónde para sobrevivir. La extrema paciencia de las mujeres en sus casas, al hacer las colas, tardando horas y horas, prolonga la vida y la miseria de todos. Mencioné la importancia del número cinco: con la música, con las cinco hijas, con los cinco hijos que tendría Amalia antes que Zori perdiera todo contacto con ella, y de los cinco años que languideció Beatriz en la cárcel antes del juicio. En vez de las esperanzas, «una farsa tremebunda» (186) y el paso de más años, innumerables años, hasta su enfermedad (causada por las horribles condiciones de vida), y el tiempo inútil en tratar de sacarla y de salir ellos de la isla. La familia tenía que ser fuerte porque «esos» no pudieron destruirlos (186). Aunque se mencionan las guardesas que acompañan a Beatriz y la vigilan en las visitas con la familia, los que torturan y oprimen casi siempre son varones. Y la familia fue papá y las mujeres. Rosario, en la entrevista, dijo que el número cinco le importa por el tiempo del cambio que se produce en el ser humano, desde la niñez hasta la vejez. Lamenta que no todos lleguemos a la última etapa. (En otra ocasión, al principio de la dictadura, Zori y Elena se matricularon en la universidad. Las autoridades querían dividir a las dos hermanas. Ellas querían quedarse juntas. «Llenamos planillas. Tuvimos que ver a una docena de personas y acudir a cinco oficinas, . . (135)). Zori, la protagonista o la narradora, también se mantiene fuerte, ayudando a su familia y después de la salida de ellos, sobreviviendo ya sola, en la isla.
El tema del tiempo se une al otro importantísimo del libro: el miedo. La noche en que recibió la familia las noticias sobre Beatriz, el padre y Zori salieron a buscar ayuda. Al volver, leemos:
La pesadilla apenas había comenzado. Al acercarnos a nuestra puerta, los vimos. Nos pusieron guardias con armas largas. Entramos. Mi padre parecía agotado. Agotado y extrañamente envejecido en el transcurso de una larga noche. Larga, pero, ¿cómo era posible? Después de todo, era sólo una. Sólo una noche. Yo aprendía al ritmo del martillo sobre un yunque. Habían destruído por gusto, muchas cosas de mi casa. No fue registrar. Rompieron. Acabaron. Era cosa de gente con odio, con mala saña. ¿Qué les habíamos hecho? No hacíamos revolución de nada ni con nadie. Mi madre se mantuvo serena aquella mala noche. Luego, estuvo muy, muy enferma, durante muchísimos días.. . . Se nos acababa la música o mejor, nos rompían hasta la renglonadura del pentagrama./número cinco/ Para nosotros, de pronto, lo único verdaderamente importante era Bea» (155-156). El título del capítulo es «Música sin pentagrama» (143). A renglón seguido, habla de «Un ojo enorme» y como este ojo la persigue, día y noche, en pesadillas, el ojo por todos lados y en todo. Hasta llegó a entrar en la casa. «Fijo. Grande. Inmenso. Ya estaba dentro. Comenzó a crecer aún más, a extenderse. Ocupaba nuestro espacio. Su espacio. Nos sacaba, nos echaba y ahora…» (157). (Es curioso que en la casa de Amalia, en medio del lujo, hubiera un cuadro con el ojo (164)–el poder, la opresión. o para Zori y los suyos, el miedo total, y la hermana encarcelada).
Al seguir leyendo la obra, varias palabras se repiten como otras letanías al patio: buscar, resolver (o solucionar), intentar, comprometer. Son otra vez cinco las palabras para seguir viviendo en la Cuba castrista y viviendo con un familiar encarcelado. (A no decir las repeticiones de las colas, la escasez, el miedo, el tiempo, arreglar papeles, llamar, escribir, censura, etc., etc.). Es curioso que al padre no le guste que le sobre tiempo cuando ya está en el exilio por estar acostumbrado a resolverlo todo para todos, y así estar siempre ocupado..
Lo que más le importa a Rosario Hiriart es mantenerse dentro de la tradición literaria, de Cervantes, de Jorge Manrique («la existencia se desarrollaba siguiendo el curso de un mismo río que era nuestras vidas» (189), por ejemplo). Rulfo, Borges, Ayala y los grandes autores de hoy pero sin contar con los más populares de hoy que quizá no sigan la grandeza de la tradición literaria. Al recibir la influencia de Jorge Manrique, también une la idea de las vidas de los/las protagonistas, del agua de las islas de Cuba y Nueva York y, otra vez, del tiempo que pasa.
Le preocupa mucho la lengua. Escoge con cuidado cada palabra. Mezcla poesía, canciones, ensayo, teatro y ficción sin que haya barreras entre las técnicas diferentes de escribir. (Además de las canciones y poemas hay escenas de teatro en la casa en Patio, por ejemplo, 61- 64). Los libros y la tradición son tan importantes que cuando la Cachita supersticiosa cree malos los libros que Zori lee, decide «liberarnos», no tan drásticamente como en «el Capítulo VI de la grandiosa novela, sino a su manera» (69, 70). Mezcla el uso de bastardilla, sobre todo para los pensamientos, los poemas, las canciones o las leyendas, con el uso de paréntesis para que la autora omnipresente pueda intercalar opiniones o justificaciones de lo que está pasando en la obra, o para cambiar rápidamente de voces de los personajes. Cada obra suya es como una pintura con un comienzo, un medio y un final. Aquí los personajes empiezan como niños aprendiendo el abecedario (los nombres de las hijas) y terminan con los que sobrevivían, haciendo una vida nueva en los Estados Unidos, cada uno a su modo. Al trabajar, ella se lee en voz alta lo escrito a ver si suena bien y es lo que ella quiere comunicar. A veces, toma un trozo de la tradición literaria y después lo cambia a su modo sin transiciones ni nada, como en la página 50 del libro: «Carita de niña/la vi entrar/al mar,/ arca cerrada/de buen parecer/que ningún carpintero/puede rehacer…//Carita de moza/al atardecer/guitarra probaba/al anochecer,/aquel diestro/músico/te supo tañer».
Siempre hay un mensaje en lo escrito, a menudo siendo éste por el país «perdido» o por el mar que está siempre en la personalidad de una persona nacida y criada en una isla (por ejemplo, «El mar está en ti, es tu secreto y privilegio, tu nostalgia y su retrato. El mar es tu signo convertido en paisaje, 52). A lo mejor, el agua también es mujer, por su fuerza y ternura unidas en un ente. Dice que después de los grandes de la literatura mundial como Cervantes o Shakespeare, los demás autores sólo recrean la vida y la escritura. Por esto, las referencias a Cervantes en el libro. Intercala la religión católica y la santería por ser tradiciones en la isla y no en la vida de ella (Entrevista).
Dice que el ritmo de sus verbos viene de Unamuno. Como diría una amiga de la autora (en el libro), «vivíamos a base de verbos, parecía que hasta los nominativos se habían perdido, no digamos nada de los adjetivos» (114). Es otra alusión a la importancia del estilo para la autora y cómo intercala referencias a tal estilo en la novela. Por esto, lo del resolver, solucionar, intentar, comprometer, hacer colas, conformarse y dejar de pensar: en esto se había convertido la vida en la Cuba después de la Revolución (139, etc.). Rosario Hiriart escribe por y para sí misma y para un grupo selecto de seres capaces de apreciar su talento y su «mensaje» de lo que ha pasado y está pasando alrededor de todos/todas. No espera ni busca el éxito de la crítica porque así puede escribir sin compromisos, lo que quiera, como quiera y cuando quiera. Lo malo es que una obra de tanto valor pase sin ser leída por muchas personas. Fue un accidente afortunado que me la trajo a las manos y sinceramente creo que, al contrario de otras escritoras cubanas que han recibido premios y cuyas obras de mucho menos valor reciben tanta atención, la obra de Rosario Hiriart debe ser conocida más extensamente y recibir el respeto debido. Ella sobresale en el trato del tema y del estilo y de la tradición dentro de la cual cabe tan perfectamente sin pretensiones pero sí con aptitud y talento. También, y finalmente, porque su obra nos enseña y nos divierte (sobre todo por los recursos que usa) tanto, que una fama mayor y una difusión no le quitaría nada de la libertad de la composición que desea, sino que por lo menos le traería la admiración de un público más vasto que tanto merece su obra.

Carol WASSERMAN
BOROUGH OF MANHATTAN COMMUNITY COLLEGE
The City University of New York